"En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea."
Poema Conjetural - Jorge Luis Borges
"Sobre la tumba de los enemigos de esta Patria construiremos la esperanza del futuro y aprenderemos, una y otra vez, a defenderla con honores", repetía Joaquín -hasta el hartazgo- una y otra vez, mientras sostenía su fusil. Inquieto, frágil, tembloroso y concentrado, subía con sus compañeros la colina antes de llegar al punto de descanso de la primer parada en este largo viaje. Las aguas de la pequeña cascada se notaban cristalinas y su rostro se reflejaba a través de la corriente. Joaquín pudo verse como un hombre. Su negra barba exageraba los rasgos masculinos. Con su fusil en la espalda, la barba crecida y comandando un ejercito de 22 hombres y 18 mujeres, se sentía un caudillo montonero, como el Chacho Peñaloza, como Felipe Varela y tantos otros. Le gustaba la imagen que se retrataba, violentamente frente a sus ojos, en el agua que fluia como sangre transparente. Como sangre que no tardaría en correr.
Luego del descanso, subieron la pequeña montaña, cargando bolsos pesados, paquetes con alimentos que cada vez escaseaban más y más, pero con las ilusiones intactas. El comandante Joaquín y los suyos iban camino hacia la larga lucha por la liberación nacional, quizás la última, quizás la primera, ¿quién podía saberlo?. Dos meses antes de la extensa expedición al monte el poder del Estado había sido tomado por un grupo golpista que secuestraba y asesinaba sin ningún pudor, sin ninguna ley, sin ningún reparo. El hecho de dar el paso hacia el enfrentamiento llano con el poder de facto no fue fácil, y presentó discusiones en el seno del movimiento revolucionario:
"No creo que sea necesario ir al monte. Tenemos que golpear a los dictadores desde la ciudad, en el propio terreno represivo", decía Alejandro Pérez, uno de los muchachos militantes. "No se puede Ale, hay que replegarse hacia un lugar desértico, correr el eje de enfrentamientos y empezar a causarles bajas significativas a estos hijos de puta", replicaba Joaquín, a los gritos, como siempre. "¿Estás loco? tenemos que movilizar a todos los sindicatos antes" retrucaba "el Ale", como lo llamaban sus compañeros. "Eso también lo vamos a hacer, pero también tenemos que golpear desde las provincias así generamos distintos focos de resistencia", sentenciaba el comandante. Las discusiones acaloradas nunca terminaban y los puntos de vistas eran diversos, pero ante la necesidad de organizarse para enfrentar a la fuerza de ocupación militar que estaba destruyendo al país, eran uno solo. Los abrazos y las canciones para levantar el ánimo nunca faltaban.
La noche se posaba sobre el monte tucumano y la guitarreada estaba en su máximo esplendor. Allí estaban los 43 soldados que habían transitado hasta el punto de conexión para iniciar la última batalla por la liberación nacional. Se miraban unos a otros. La mayoría eran jóvenes llegados desde distintas latitudes del país, cansados de tanta entrega al capitalismo foráneo, hartos de tanta miseria planificada, convencidos que la única manera de redimir las injusticias de un pueblo sometido era entregar su vida a una causa revolucionaria por una Patria Grande, justa, libre y soberana. No estaban allí para morir, sino todo lo contrario: habían conseguido unificarse bajo un mismo ejército libertador porque no concebían otro camino como sentido de vida. La vida como vinculación comunitaria pasaba por los actos colectivos sin importar cuan heróicos fuesen; la historia de un pueblo que conoce de resistencias y proyectos populares no iba a quedarse estancada en un punto lejano sino que, a la vista de esta generación de militantes, retornaba en forma de estallido nacional rejuvenecido, como si algún gran reloj de arena detenido hace 200 años antes, hoy recobraba una fuerza motriz que hacía continuar su conteo. Parecía que nuevamente el gigante dormido comenzaría a desandar sus pasos de lucha, como alguna vez lo supo hacer.
Joaquín y sus compañeros eran peronistas, por eso hay en los párrafos que anteceden a este que se escribe -y ustedes leen- reminiscencias hacia frases o pensamientos del movimiento de liberación nacional más grande de nuestro país, y que aportó sin reservas a la construcción de un tercer mundo unificado bajo la bandera del antiimperialismo. El peronismo, de esta manera, actualizaba sus metodologías prácticas y con ello el ámbito doctrinario en donde se desarrollaban sus principales ideas, sintetizadas en dos libros del General Juan Domingo Perón y que eran de cabecera para la formación: "Manual de Conducción Política" y "La Comunidad Organizada". En esos textos Perón explicaba lo sustancial del movimiento peronista y su caracter práctico para ser puesto en funcionamiento en nuestro país. Pero lo más importante es que tanto el General como estos muchachos audaces coincidian en la importancia que tiene el Estado para desplegar todo el potencial como Nación Libre de las cadenas del capitalismo financiero. Sosteniendo el poder de un Estado popular y contando con poder nacional dinámico a través de un desarrollo industrial creciente, un ejército leal, una Constitución Plurinacional y mayores grados de organización política, el pueblo alcanzaría su felicidad, no como mera retórica vacía, sino como realidad efectiva. Sin embargo, ahora todos esos años de conquistas se habían esfumado por la fuerza, y era necesario volver a reconquistar el control del Gobierno, expulsando a los opresores de turno.
Entre interminables discusiones, ronquidos varios y cantos de pájaros recomenzó la vida en el monte, a la mañana siguiente. Los soldados iniciaban el camino hacia su segundo punto de localización. Con el ánimo de acrecentar su ejército de cara a la preparación para la batalla definitiva contra las fuerzas del orden oligárquico usurpador, caminaron hacia el este del monte para entrar en las profundidades de la comunidad Yuxpe. Allí los recibió Abel, el caudillo del pueblo, el líder natural de la Montonera Federal Yuxpe. La historia a veces nos golpea con viejas denominaciones que parecen mostrarnos una continuidad de los hechos, pero: ¿será realmente así?. Joaquín no se lo preguntó en ese momento, y extendió su mano para saludarlo. "Bienvenidos" les dijo Abel, mientras apretaba fuertemente a Joaquín. "Sabemos lo que pasa en nuestro país. Somos concientes que no podemos esperar más para enfrentar a nuestros enemigos. Por eso queremos luchar con ustedes. Por eso queremos morir con ustedes. Por eso necesitamos unirnos a ustedes", les dijo Abel a los muchachos mirándolos a los ojos. Los aplausos llegaron desde todos los rincones del pequeño salón.
Pero antes que pudieran agradecer el gesto, el ejército libertador escucharía de los propios labios de Abel, con su mezcla de dialécto originario y español, una revelación que, cuanto menos, esta vez sí los dejaría reflexionando: "Vamos a luchar juntos, compas, y si es necesario vamos a morir. No le tememos a la muerte y somos guerreros de esta tierra. Ofrecemos nuestra vida en sacrificio por una Patria llena de justicia. Pero sepan bien que no vamos a tirar un solo tiro." Joaquín se quedó quieto. El resto de sus dirigidos habían sentido en las palabras del caudillo un enorme gesto de dignidad, pero también estaban apesadumbrados por lo que oyeron. Las paradojas y contradicciones latentes de lo popular aparecían frente a los 108 guerreros en aquel salón pequeño. Pusieron las mesas, trajeron el vino, cocinaron las empanadas, y sobre todo, buscaron en su interior mucha paciencia, porque este día no iba a ser de 24 horas. Abel y Joaquín estaban sentados cara a cara, cada uno con sus argumentos, cada uno con sus creencias. Tan solo faltaba que alguno de los dos esgrimiera sobre el tapete su primer razonamiento. La espera se hacía interminable.
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