jueves, 5 de septiembre de 2013
Capítulo 1 - Laura
La besé en la frente y supe, en ese preciso momento, que esta noche iba a ser la última vez que la vería. Sentí dolor y angustia al saber que no podría volver a tocarla, a abrazarla por la cintura, a rozar su boca con un beso de complicidad (como aquella vez en el patio de su casa, mientras los perros ladraban y los mosquitos picaban nuestros cuerpos, de pies a cabeza, mientras nuestras manos se aproximaban a un climax sensorial, absolutamente indescriptible), a encontrar su perfume en los apuntes de la facultad que había dejado de asistir hace un año, cuando comenzó toda esta locura, toda esta realidad, toda mi verdad, y debimos alquilar una vieja casita en la periferia de la ciudad, muy alejada de la fanfarria del centro.
Ahí estábamos los dos, frente a frente, despidiéndonos, besándonos apasionadamente, tocándonos como nunca, para no olvidarnos, para no perdernos, para perpetuarnos el uno en el otro. Le prometí que volvería, y que el primer grito de victoria no tardaría en llegar para estremecer con su vociferación estridente los extremos de la Patria, de aquella Patria que soñamos con miles de compañeros una vez, y esa vez fue suficiente para sentir en lo más profundo de nuestro corazón el amor a esta tierra, a este pueblo que camina junto a su líder, esperando, desde lo lejos, desde el exilio, el volver a reencontrarse con la vida misma, con la realidad efectiva, con sus muchachos. Y esta noche será la primera de tantas alegrías colectivas, amor, vas a ver.
Ella se llama Laura. Laura Gutierrez, tiene 23 años. Yo, Joaquín. Joaquín Tuttomondi. Desde chico soñaba con ser aviador y surcar los cielos, dejando mi estela de fuego en cada maniobra, hasta que conocí los bombardeos a la Plaza de Mayo, en 1955. Ese show de la muerte desde el aire. Aquella revancha golpista de los gorilas. La espiral de violencia recomenzaba en nuestro país luego del fusilamiento de Dorrego. Parece que la historia se empeña en volver una y otra vez, no como comedia, sino como tragedia, para colmo de males de los mortales. Pero volvamos por un momento a ella, a Laura. Dije que tiene 23 años, y es mi novia. Nos conocemos desde los 17, pero recién a los 19 nos enamoramos. Al principio fuimos amigos, después compañeros de militancia, y ahora, novios. Fuimos todo lo que tuvimos que ser hasta llegar al último eslabón de esta cadena romántica que día a día se construye a través de miradas cómplices, sonrisas tiernas, apretones de manos con cosquillas y los saludos con los dedos en V, como dos buenos peronistas. Tengo 25 años y mañana viajo con un grupo de compañeros al monte, aún no me comunicaron en que parte, pero supongo que será en Tucumán, Salta o Jujuy.
A esta edad, y con mi compromiso político a cuestas, he decidido combatir en lo que hemos denominado con mis compañeros de causa la "última batalla por la liberación nacional". Atrás quedó la facultad, atrás quedó la casa de mis viejos, atrás quedaron los últimos resabios de esa vida burguesa, rutinaria, contrarevolucionaria, que nos transforma en números, en entes que valemos una mierda de sueldo de un trabajo que nunca nos hará felices. Pero ya habrá tiempo de comentarles el plan revolucionario. Ahora estoy con ella, y no quiero soltarla. Estamos en el diminuto patio de nuestra vivienda superdiminuta, tan minúscula que se hace imposible diferenciar que es patio y que es casa. Los dos fumamos, por la ansiedad, el éxtasis y el nerviosismo de estar siendo parte de la historia viva de nuestro país. Ya nada volverá a ser como antes. Somos soldados, queremos pelear. Pero también sabemos disfrutar esos pequeños momentos que nos hacen únicos, irrepetibles, que nos conectan con nuestra humanidad, que nos permiten seguir siendo parte de este desfile de hombres y mujeres que transitan el camino de ida de la vida.
Laura me rasca la cabeza, y a mi me encanta. Me fascina verla desde mi posición -recostado sobre sus muslos de mujer- y encontrar en su sonrisa el gesto victorioso que espanta mis miedos, que me rescata de la muerte, aunque sea por un momento. Dentro de unas horas, yo no estaré aquí, ni ella estará conmigo, puesto que emprenderé camino a la victoria definitiva, esa que planificamos en la Unidad Básica. La misma que corea el glorioso pueblo argentino. Me llevaré guardado en mi retina sus hermosos dientes brillantes como estrellas que guiarán mi camino tortuoso a través de la larga y oscura noche de la guerra revolucionaria.
Cierro los ojos, me aferro a ella como un bebé. No quiero soltarla, no quiero dejarla. Abro mi nariz lo más que puedo para llevarme todos sus olores, todo su perfume, y respirar profundamente toda su transpiración de mujer. Mañana ya no estaré aquí, pero esta noche quiero hacer el amor con esta mujer. Esta noche es nuestra. "Esta noche es nuestra", le digo a Laura. "Lo sé, no quiero que sea la última", me dice, triste, con dolor. Lo noto en su mirada, es la misma mirada de inseguridad que me enamoró hace unos años, cuando todo esto empezaba. "Hagamos el amor", le digo mientras la miro fijamente a sus ojos. Ella acepta, y esta noche, entre las sábanas, en el piso, en la mesa de la cocina, el amor andará en punta de pie, haciendo lo que mejor sabe: impregnando con su aroma todas las habitaciones de nuestra casa. Esta noche, la última por un largo tiempo, nos invita a amarnos como nunca. Haremos el amor con todos los sentidos prendidos, acaso, la única manera de hacerlo. La ropa, tirada en el piso, era el último paso para que nos fundieramos en un único cuerpo. Así se tienen relaciones antes de la victoria definitiva. Haremos el amor como prólogo a la larga marcha del pueblo argentino en la conquista de su nuevo bicentenario glorioso, lleno de miles de batallas ganadas.
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